El televisor sigue donde siempre estuvo. Nadie lo movió del rincón de la casa donde durante años acompañó las tardes de fútbol. Pero hace tiempo dejó de cumplir su función. Primero desapareció la imagen. Después también el sonido. Humberto Rojas intentó hacerlo funcionar una y otra vez, pero entendió que no habría arreglo antes del Mundial. En otro lugar esa historia terminaría con la compra de un televisor nuevo. En Laguna de Robles, un pequeño paraje de Burruyacu donde muchas veces las prioridades son otras, el final fue distinto. Sacó el decodificador de DirecTV y se lo prestó a su vecino Alejandro Zabala. "Que lo aproveche él", pensó.
Mientras el aparato seguía mostrando los partidos de la Selección en otra casa del pueblo, Humberto volvió a hacer algo que conocía desde chico: sacar una radio, acomodarse en silencio e imaginar cada jugada. Así vivió la victoria de Argentina por 3 a 2 frente a Egipto, por los octavos de final del Mundial 2026. "La radio le pone un poco más de adrenalina a todo. Uno se imagina las jugadas, escucha el relato y va armando el partido en la cabeza", contó.
En su casa no hubo gritos. Tampoco abrazos. Le gusta escuchar el fútbol solo. "Estoy tranquilo. Nunca fui de gritar los goles ni de hacer mucho ruido. Me gusta concentrarme en el partido", explicó.
Mientras el relator narraba el comienzo del encuentro, bajó la cabeza cuando escuchó el gol de Yasser Ibrahim que adelantó a Egipto y luego se lamentó cuando Lionel Messi falló el penal. El relato, sin embargo, también le devolvió la ilusión. Argentina reaccionó, dio vuelta el partido y terminó clasificándose a los cuartos de final.
No es la primera vez que el Mundial lo encuentra acompañado únicamente por una radio. De chico tampoco tenía televisión. En 1978, mientras el país organizaba la Copa del Mundo, la realidad era muy distinta en esta zona del este tucumano. "Buscábamos la forma de escuchar los partidos. Así era", recordó. Ocho años más tarde volvió a vivir el Mundial de México de la misma manera. La costumbre quedó para siempre. "Uno disfruta igual. Escucha el relato y se imagina todo", dijo.
Esa capacidad de construir el partido en la cabeza es la que todavía conserva. Los relatores mencionan a los futbolistas argentinos y Humberto ya sabe dónde está cada uno. Cuando aparece el nombre de un jugador de otro país, también intenta dibujar la escena con la imaginación. "No los vemos, pero nos los imaginamos", insistió.
Vive solo. Trabaja en el campo, siembra cuando puede y cría algunos animales para complementar los ingresos. Dice que el problema no es producir. El problema es todo lo que viene después. "Hace falta trabajo", afirmó. Mientras recorre su terreno enumera proyectos que nunca pudieron concretarse. Le gustaría sembrar más verduras, ampliar la producción y tener recursos para comprar semillas. "No es para hacerse rico. Es para vivir un poco mejor", explicó. También cree que el pueblo necesita más oportunidades para quienes viven de la agricultura. "Solo no se puede salir adelante", reflexionó.
Conoce bien la frontera con Salta. Habla de Antilla como si fuera un barrio más de Laguna de Robles. Allí, dice, muchas familias viven una realidad parecida. "Todos trabajamos en el campo", dijo.
Cuando recuerda los festejos por los títulos de Argentina sonríe. Aclara que en Laguna de Robles las celebraciones nunca fueron como las de las grandes ciudades. "No hay caravanas ni bocinazos. Acá la gente festeja tranquila", describió. Cada familia lo hace en su casa o se reúne con algunos vecinos.
La tranquilidad también explica por qué nunca le molestó escuchar el Mundial por radio. Aunque reconoce que extraña la televisión. Si la Selección llega a la final, asegura que no quiere volver a perdérsela. "Si salimos llegando a la final, esa la voy a ir a ver a la casa de algún vecino", anticipó.
La frase resume el espíritu del pueblo. El decodificador que hoy utiliza Alejandro Zabala sigue perteneciendo a Humberto. Su televisor continúa apagado.n Pero cuando juega Argentina, el aparato encuentra una nueva vida en otra casa de Laguna de Robles. Mientras tanto, él se queda donde siempre. Con una radio apoyada sobre la mesa. Escuchando cómo los relatores describen gambetas, atajadas y goles que nunca ve, pero que logra reconstruir con una precisión que solo da la costumbre.
Porque mucho antes de que existieran las pantallas, el streaming o el internet, Humberto ya había aprendido que el fútbol también puede disfrutarse con los ojos cerrados. Y mientras espera poder arreglar su televisor, el Mundial volvió a demostrarle que, a veces, una buena transmisión alcanza para viajar miles de kilómetros sin salir de casa.